noviembre 27, 2020

«Siento rabia y dolor por las condiciones en que mis compañeros se vieron obligados a hacer frente a la situación»


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Me llamo Antonio, soy médico especialista en Aparato Digestivo y hasta ahora trabajaba en un hospital público de Murcia. Y digo hasta ahora porque el mayor impacto de la pandemia de coronavirus que estamos sufriendo coincidió (aun aún no sé si por suerte o por desgracia) con mi jubilación, en concreto el 27 de marzo. Desde el primer momento me ofrecí a mi Jefe de Sección para colaborar, jubilado o no, en todo aquello que pudiera descargar de trabajo a mis compañeros y, aunque agradeció mi oferta, la declinó por no ser necesaria de momento.

Así pues, estoy siguiendo escrupulosamente las recomendaciones y confinado en mi domicilio. Pero ello no me impide sentir rabia y dolor por las condiciones en que mis compañeros no solo de Murcia sino de toda España se están viendo obligados a hacer frente a la situación. Rabia y dolor por ser el país con más sanitarios infectados por el virus y decenas de ellos fallecidos por la enfermedad. Rabia y dolor porque esto se podría haber evitado.

Desde el primer momento todos nosotros tuvimos claro que, al ser una infección de contagio aéreo fundamentalmente, las medidas para evitar la transmisión eran una adecuada protección de los profesionales sanitarios y una correcta identificación mediante test masivos de los infectados para su aislamiento y control. Ninguna de las dos se han realizado de una manera mínimamente adecuada por parte del Gobierno ni de las autoridades sanitarias competentes.

He asistido al descontrol y la incompetencia en la compra de equipos de protección adecuada, a la falta de previsión en la monitorización de las residencias de mayores, un enorme foco de contagios y con un elevado índice de mortalidad en las mismas. Al despropósito de ver a nuestros gobernantes anteponiendo sus intereses partidistas, políticos y personales antes que velar por la salud de sus conciudadanos. A la hipocresía de imponer medidas de cuarentena cuando muchos de ellos se las saltaban a la torera cuando, por razones de “ interés general “, acudían a ruedas de prensa y reuniones diversas sin tan siquiera saber ponerse adecuadamente una mascarilla. Pocos han sido los infectados en esta tropa con una actuación tan negligente y suicida.

Pero, volviendo al principio, desde aquí quiero gritar mi rabia y mi dolor (ahora que parece que ha pasado lo peor de la tormenta), por todos los fallecidos que esta pandemia dejará y que ni siquiera han podido ser despedidos de la manera adecuada por sus seres queridos.

Y sobre todo quiero expresar mi enorme gratitud, mi reconocimiento y mi admiración a todos mis compañeros sanitarios que se están dejando la piel y en algunos casos la vida por cuidar y salvar a nuestros pacientes y que han sido enviados a esta guerra sin casco ni uniforme y disparando con balas de fogueo. Me siento orgulloso de pertenecer a este colectivo pero todo esto, en gran parte, se podría haber evitado.

* Antonio López Higueras es médico y vive en Murcia.

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