noviembre 27, 2020

Roja directa a la violencia contra los árbitros

Carlos Tristán GonzálezCarlos Tristán González

Madrid
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La ingratitud del trabajo del árbitro se sostiene en su carácter vocacional. Cuando uno se cuelga el silbato al cuello, lo hace a sabiendas de que incluso el acierto le regalará la crítica. Sometido a un feroz escrutinio, está solo ante el peligro; hace falta valor. En su nómina no existe una bonificación por los insultos que pueda recibir; aunque así lo crean algunos. Igual que su labor es imprescindible para el orden en el fútbol, en su figura se proyecta lo peor de este deporte. Según datos que maneja José Luis Lesma, presidente del Comité de Árbitros de la Real Federación de Fútbol de Madrid (RFFM), cada semana se producen entre una y tres agresiones de media a los árbitros de la Comunidad de Madrid. «Es preocupante. Vayas donde vayas ocurren estas cosas y no se pueden permitir», denuncia Lesma a ABC.

En la eterna lucha contra la violencia en el deporte, el organismo que preside Lesma ha dado un paso adelante y reclama más dureza para atajar este problema. Los más vulnerables son los árbitros de las categorías regionales. En estos campos, donde manda el barro y la grada se atraganta con el césped, las medidas de seguridad son escasas. Pablo, tras diez años como árbitro, lo sabe bien. Este tiempo le ha servido para coleccionar vivencias de todo tipo, algunas de auténtico terror: «En uno de mis primeros partidos, los aficionados del equipo local me bloquearon la salida antes de que pitara el final. Según terminó el encuentro, saltaron a por mí y un empleado me tuvo que ayudar a meterme en una cantina. Hasta que no llegó la Policía no pude salir de allí», cuenta ahora a este diario. Tenía 16 años.

Por desgracia, experiencias similares no son inusuales en España. Es el motivo que impulsa la iniciativa del Comité de Árbitros madrileño, que en caso de que un club no actúe en un episodio de violencia, se planteará no volver a pitarle hasta que se comprometa en esta lucha: «Buscamos la cooperación de los clubes y queremos que las sanciones sean más graves. Además, a partir de ahora, los árbitros podrán tomar la decisión de suspender el partido tras hablar con el delegado de campo y siempre y cuando los hechos inciten a la violencia», cuenta Lesma, que añade: «La acogida ha sido buena, pero no solo valen las palabras, sino los hechos. Queremos que cuando haya un aficionado o un entrenador que no se comporta, se actúe en consecuencia».

Según datos oficiales, se juegan 3.600 partidos a la semana en la Comunidad de Madrid. Los árbitros inscritos en la RFFM son 1.700. Algunos empiezan con 14 años.

La anomalía madrileña

Supone un agravante y solo ocurre en la Comunidad de Madrid, para sorpresa de todos. Se trata de otra de las peticiones a la RFFM: cambiar la norma por la que las tarjetas amarillas no tienen carácter acumulativo: «Los jugadores pueden protestar, encender al público y complicar un encuentro, pero solo se llevan para casa una amarilla que se olvida con el pitido final», explica Lesma. «Se puede dar el caso de que un jugador termine la liga con una amarilla por partido y no pasaría nada. Y esto, repito, solo pasa aquí, en Madrid», subraya contrariado.

En la temporada y media que Álvaro Alonso Peña lleva pitando no ha tenido ningún problema grave: «En muchos partidos sí es verdad que te insultan, sobre todo desde la grada», asume este colegiado de solo 16 años que dirige varios partidos cada fin de semana, desde benjamines hasta juveniles. «Lo más difícil es arbitrar a los que son mayores que tú, Con los pequeños te manejas mejor, pero con los mayores… A los más jóvenes nos toman menos en serio», lamenta.

Llegados al extremo, cuando el árbitro ha sido agredido, se enfrenta a otro problema: «En estas categorías suelen estar solos y es difícil demostrar qué ha ocurrido porque no grabamos los partidos. En ocasiones, incluso, las actas se tienen que redactar más tarde porque algún descerebrado que la lea puede puede liarla más», cuenta Lesma. Existe un protocolo para este tipo de escenarios que poco o nada tienen que ver con el fútbol: «Tenemos a una persona en la Federación que les ayuda y contamos con un abogado exclusivo para ello. Podemos acudir al Comité de Competición e incluso presentar una demanda civil. Si encima el árbitro es menor, hay un agravante».

Es la vergüenza del fútbol, maravilloso deporte en tantos sentidos que, sin embargo, sigue siendo el refugio de las peores actitudes del ser humano. Y los árbitros, como viene siendo desde el origen y seguirá sucediendo si nada cambia, son los que más las sufren: «Si hacemos visible lo que ocurre en algunos campos y se toman medidas ejemplares por parte del Comité de Competición, no digo que de un día para otro, pero con el paso del tiempo seguro que lo vamos a lograr».

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